En algún lugar de Chiapas

Una herrumbrosa viga yacía, recostada panza arriba, sobre la carretera hecha jirones. A ambos lados de la misma, un nutrido grupo de campesinos ataviados con palas, picos y rastrillos nos observaban sin el mayor interés. Se decía que los bloqueos de las carreteras por todo el sur de Chiapas se mantendrían al menos dos semanas más. Para entonces, aquello poco importaba. Recogimos nuestras escasas pertenencias sobre la baca del combinado y nos encaminamos hacia el otro lado de la barrera al final de una larga hilera de coches. Los oriundos, lejos de mostrar enfado, simplemente se limitaban a realizar sus quehaceres rutinarios vadeando aquella rudimentaria barrera moteada con quejumbrosos clavos oxidados; pasaban sus mercancías a sus respectivos socios comerciales, familiares o amigos y emprendían el camino de regreso a su origen. Entre tantos rostros impasibles, me llamó la atención el de una silenciosa británica que iba con nosotros en aquel transporte abarrotado. El contraste de sus tatuajes de colores con la carencia de pigmentación de su piel era tan estridente como el rubio platino que lucía. Sorprendentemente, se comportaba de manera segura y absolutamente natural, pese a tener una fisonomía que se apreciaba a kilómetros de distancia en aquellas sierras remotas.

Una mañana en la calle principal de San Cristóbal
Una mañana en la calle principal de San Cristóbal

Nuestra travesía entre San Cristóbal de las Casas y Palenque nos mostró algunas de las infinitas caras de México que habían permanecido ocultas a nuestros ojos. Aquellos héticos campesinos, cubiertos de barro y quemaduras solares, hablaban sin mediar palabra. Sus ojos y sus atuendos gritaban pobreza, malnutrición y alienación. Qué lejos quedaban los imponentes rascacielos del centro de la Ciudad de México, las maravillosas fachadas recubiertas de cerámica en Puebla o los deslumbrantes colores de las viviendas de Oaxaca. Allí, en la pequeña aldea de Oxchuc, la gente no se hubiese parado de no ser por aquel grupo de marginados que se soliviantaban ante la presencia de cámaras fotográficas. Fue aquella la primera vez que experimentamos una sensación de inseguridad desde que aterrizamos semanas antes en aquel país inmenso. Sin perder de vista a ninguno de los viandantes que se iban montando en los vehículos aparcados al otro lado del bloqueo, buscamos el otro microbús que había de llevarnos hasta Ocosingo, a unos cuarenta kilómetros de allí.

En contra de lo que pensaba antes de llegar a aquella zona de escarpadas arboledas y carreteras destartaladas, el español no era, ni mucho menos, la lengua predominante. Los idiomas precolombinos todavía vibran entre aquellos minúsculos pueblos pioneros. La cantidad de rostros nativos aumentaba a medida que nos íbamos desplazando hacia el sur de México, hasta el punto de que sólo aquella británica impasible y nosotros —tres jóvenes inquietos— destacábamos entre la multitud por nuestra tez y estatura. En poco menos de una hora llegamos a Ocosingo, bienvenidos por una revuelta popular salpicada de antorchas y machetes que marchaban por el centro de la localidad en dirección al ayuntamiento. Justo antes de bajarnos del combinado, procuré saber en qué dirección estaba Palenque preguntando al conductor. Su estentóreo acento hizo mi esfuerzo inútil. Mascullé unas palabras en inglés para mis dos acompañantes y, a un paso ecléctico entre la parsimonia y el apremio, nos escabullimos entre todos aquellos mexicanos que agitaban sus armas y gritaban consignas reivindicativas. Encontramos otro transporte a unos pocos cientos de metros más abajo. Todavía se oían de fondo los ecos de la política local cuando me dispuse a negociar con el chófer que hablaba peor español que mis dos acompañantes norteamericanos.

Como era habitual, no abandonamos aquel pueblo hasta que el transporte se llenó de pasajeros. Dos bancos de madera desnuda enfrentados, una lona azul de plástico plagada de agujeros y el tubo de escape roto, orientado hacia el interior del vehículo, despertaron en mí un nuevo episodio de profunda reflexión. Agitados todos por el violento traqueteo, observaba atentamente los rostros a mi alrededor. Mientras, el humo del motor enrarecía el ambiente, a pesar de la lluvia que se colaba por las aberturas de aquella endeble cubierta. Había una anciana con la que parecía su hija o su nieta, un padre de familia con la compra de aquel día, un chico con zapatos de piel de lagarto y pequeñas calaveras en forma de broche… Todos ellos con la mirada baja y actitud ensimismada, indiferentes a la evidente intoxicación a la que nos veíamos expuestos.

La lluvia arreciaba. Mi amigo Danny, sentado frente a mí, me miraba cada vez más preocupado por el estado de su equipaje que se empapaba sin remedio. Sus ojos revelaban una tensión silente, casi tan evidente como los nerviosos epigramas de Sacha. Cuando sólo quedábamos nosotros y el chico de los zapatos de piel, llegamos a Tonán. El agua se acumulaba en ambos lados de la carretera. El lodo daba a aquella aldea un aspecto de marjal entre las terrazas de los diminutos maizales. Un solitario taxista nos esperaba con el maletero abierto y nos observaba impaciente. La negociación duró poco y a priori nos pareció que cien pesos era un precio excesivo para llevarnos hasta Palenque. A regañadientes, nos montamos en aquel taxi de color oscuro, mientras el agua de lluvia golpeaba violentamente las ventanas. Pocos minutos después de salir de la aldea, el taxista se bajó del coche y, en su lugar, entró un chico de no más de 16 años de edad con evidentes signos de entusiasmo. Sin mediar palabra, pisó el acelerador con decisión y puso rumbo a Palenque. Entre su escasa estatura y la turbonada que oscurecía el cielo, parecía imposible que viese la carretera.

Dormitamos prácticamente las dos horas y media que duró el fin de nuestra travesía. El chico de los zapatos de piel se apeó minutos antes que nosotros. La lluvia cesó y dio paso al calor húmedo de la selva. Sonreímos exhaustos, solazados con el rugido de los monos aulladores que poblaban las copas de los árboles, y nos desplomamos sobre las camas de sábanas glaucas. Habíamos cruzado Chiapas.

El perezoso anfitrión en Palenque
El perezoso anfitrión de Palenque

Fotografías: Sacha Ferrier-Cohen

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