La espesa niebla de Kaliningrado

Hay lugares que sólo conocemos con los libros. Sitios que palpitan en sus páginas, como titanes enmudecidos, encadenados al otro lado de fronteras territoriales. Historias sobre exclaves ignotos, con nombres que se adulteraron con el paso de los imperios. Escribimos hoy en honor uno de tantos de estos lugares. Nos hacemos cómplices de la mano de un autor excelso. Gracias a Milan Kundera y su Fiesta de la Insignificancia, reflexionamos sobre la importancia de recordar topónimos olvidados; pensamos en aquellos territorios privados de su tegumento onomástico, como si fuesen vagabundos expuestos a la inclemencia de los elementos intelectuales. A escasa distancia de capitales bálticas como Vilna y Varsovia, se yergue una ciudad que, otrora altiva capital, hoy llora bajo los nublos cielos burocráticos. Hablamos de la ciudad de Kalinin. Hablamos de Kaliningrado.

Königsberg. Propiedad: Libray of Congress US.
Königsberg.
Propiedad: Library of Congress US.

La metrópoli que vio nacer al mismísimo Immanuel Kant y que fue el orgullo de la Corte Imperial, sucumbió a las inclementes aguas del maremoto soviético tras la Segunda guerra Mundial. Troceada y repartida a lo largo de los años que sucedieron a la ocupación, la ciudad fue completamente arrasada, sus castillos destruidos y sus puentes eliminados de manera escalofriante y metódica. Su belleza y majestuosidad fueron socavadas, para dar paso a una nueva urbe, férreamente regida por el desabrido urbanismo soviético. Su población fue deportada. En una maniobra burda, sello de la impasible tiranía que padecían, fue sustituida por nuevos habitantes trasladados desde la Madre Patria, con el objetivo de repoblar aquella tierra de castillos de olvido. Desafortunadamente para ellos, ésta les quedaba demasiado al oeste de casa. Hoy, aquellos forzados colonos, cuentan con graves problemas de identidad. O más bien, de falta de la misma. Aquello no fue una ocupación. Aquello no fue un cambio de propietario. Se trató, más bien, del retrato de la muerte y el sepelio, usando la ciudad entera como lienzo.

Empero, sus habitantes y edificios no bastaban. Había que dar un paso más. Había que eliminar cualquier evocación alemana. Así Königsberg, la imponente y majestuosa Montaña del Rey, fue también aniquilada. El caudillo de hierro aprovechó la oportuna muerte de Mijail Kalinin, el Presidente del Soviet Supremo de la URSS. Utilizó a aquel acólito incontinente, cruel y leal seguidor, para apuñalar a la gran ciudad de filósofos con el más retorcido de los puñales: su nombre. Porque para matar algo por completo, y esto ya lo sabían bien los soviéticos, lo primero que hay que hacer es evaporar su identidad. Es preciso someter su onomástica. El filósofo George Steiner nos enseña que aquello que no se nombra, no existe. Y es por eso que, en menos de un siglo, Königsberg ya no es; la Montaña del Rey, ya no existe.

Ante semejante atrocidad nos preguntamos: ¿por qué un país que tenía incomparables genios universales —de la talla de Tolstoi, Dostoievski, Kandinsky o Tchaikovski— con los que apuñalar las más grandes ciudades enemigas, decidió nombrar la gran capital de Prusia Oriental con el nombre de un personaje prácticamente irrelevante? Kundera asegura, reflexionando noveladamente sobre lo absurdo, que solamente se le pueden atribuir motivos íntimos y secretos del propio Stalin.

No obstante, examinando en clave histórica sus decisiones, observamos que en la extinta Unión Soviética era costumbre habitual honrar con topónimos a los más destacados miembros del Partido Comunista. Así fue como surgieron nombres de ciudades como el de la finada Stalingrado, hoy joven Volgogrado. Del mismo modo, la celebérrima ciudad de los zares fue renombrada Petrogrado, en otro fútil intento de eliminar sus referencias germánicas. Más tarde pasó a ser Leningrado y, finalmente, acabó volviendo a sus orígenes: San Petersburgo. Chemnitz pasó a ser Karl-Marx-Stadt, para después volver a Chemnitz. Sin embargo, todas estas ciudades (o casi todas) recuperaron sus nombres tras la Perestroika. En cambio, Kaliningrado llegó para no marcharse. Kaliningrado permaneció y permanecerá para siempre como Kaliningrado. La gloria de Kalinin superará todas las demás glorias.

Kaliningrado hoy donde antes estaba el castillo de la primera imagen. Propiedad: comtourist.com
Kaliningrado hoy donde antes estaba el castillo de la primera imagen.
Propiedad: comtourist.com

Fruto de su falta de identidad, de su desencaje entre la Europa Occidental y la ex-soviética, de la sensación de abandono por parte de su Gobierno, o del crecimiento de sus vecinos mientras ellos se estancan; están comenzando a brotar nuevos movimientos que proponen empezar por volver atrás, regresando al punto en el que comenzó la sovietización de la ciudad. Se busca volver donde todo terminó, retomar la historia interrumpida paso por paso. Aparecen propuestas tanto para retornar a su origen, Köningsberg, como para introducir uno nuevo, como se hizo en numerosas regiones de la antigua Unión Soviética. Tal vez incluso nos encontremos con que pase a honrarse la filosofía y se nombre como Kantgrado, en honor a un personaje de la ciudad verdaderamente célebre, y no a uno que jamás la pisó. A día de hoy, se atisba difícil. Pero, quién sabe… su más insigne vecino dijo que el sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.

¿Y quién fue el que dijo que la toponimia no era interesante?

Kant en Kaliningrado. faustifilo2.blogspot.com
Kant en Kaliningrado.
faustifilo2.blogspot.com

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