Un viaje entre cajas

Hace unos días me cambié —otra vez— de casa. Algarabía de maletas, muebles, burocracia y, mis eternos compañeros, los libros. Los fui sacando, uno a uno, de los rincones empolvados donde descansaban. Buscaba, rozando la exasperación, sumido en un tedio, dar un orden lógico a las cajas. Por aquí los rusos, por allá los franceses. No, mejor los nobeles y la Filosofía. Sí, por allí la poesía —libre y rimada— junto a los haikus. En otra caja el teatro, los ensayos y los Beats. Aquí los latinos y el arte… Ensimismado, absolutamente consumido por una tarea que duraría horas, hostigado por los clamorosos vientos del estío, fui a parar con una obra que concebí distinta, como si no todas lo fueran. No sabía bien dónde meterla. Hacía mucho que no la leía. Se había camuflado entre los lomos de libros más extensos, más vistosos, igual de buenos. Hacía demasiado tiempo… Entonces, me acordé. Súbitamente, la habitación se esfumó con la brisa marina, ligera y fresca, que manaba desde las oreadas páginas. Viajé lejos, cerca del mar, donde el tiempo es más piadoso en esta época del año. Durante dos horas, escapé del infierno terrenal del verano en la Meseta.

Un Viaje entre cajas - La Península
Fotografía de Stefano Broli

Sentado en el suelo de mi habitación abandoné Madrid, una vez más, para fundirme en las páginas de La Península (1970, Nocturna Ediciones) de Bretaña. O, mejor dicho, emprender un viaje a través del tiempo y sus tiempos. Louis Poirier (1910-2007), el profesor y escritor al que rechazaron su primera novela —más conocido por su pseudónimo: Julien Gracq— me hipnotizó con el tic tac de su tinta. El autor de El mar de las Sirtes, obra por la que recibió y rechazó el Gouncourt; nos traslada, con su léxico rico, bello y, sobre todo, arcaizante, a la Bretaña rural, grisácea y oscura. Allí, entre sus 120 páginas cercanas a la poesía y de abrumadora calidad, ambienta una historia acerca de retrasos. Los del amor.

El narrador, en realidad, me susurra el silencio del tiempo; de la espera mientras no pasa nada. Sólo un rumor fluido y regular, el del péndulo que hace avanzar el día segundo a segundo, pendiente abajo, hacia el tren de las 19:53. Con una inmaculada sencillez en el hilo argumental, Simon, el viajero que llega a deshora, encara su espera incierta tomando las riendas de un futuro claro, breve, descifrable y virgen. Me lleva por el mundo de los bretones de su infancia, de su intimidad. Nos cuenta la Bretaña tal y como él recuerda, tal y como le pertenece. Tal y como ya no es. En un espacio fuera del lugar, y en un tiempo vano, viajé por tierras de yertos acantilados y amarillentas dehesas, de iglesias iguales, de korrigans que no existen y de construcciones ceñudas. Pude ver la reconstrucción tras el paso de los Chuanes, que ya conocía por Balzac. Simon me embocaba, siempre, hacia la costa con un objetivo: alcanzar el áspero y desolado Océano para sumergirnos en sus márgenes invisibles, mientras el viento indiscreto se cuela entre la ropa y la piel.  En todas las novelas del autor nos encontramos con un punto de partida previo. En esta ocasión, es la ópera de Tristán e Isolda, la cual suena de fondo quebrando el eco del silencio entre bramidos del coche mientras marchamos fuera de la vida, junto a la naturaleza y junto a un pasado. Adelantando un futuro que llegaría traqueteado en un mundo que se desprende del hombre, barriendo sus huellas, ahogando sus sonidos. Un mundo que no espera. Gracq nos cuenta la espera del amor desde el antirromanticismo, evitando caer en las vacuas sensibilidades de las que suele pecar el género.

Os recomendamos la lectura porque a todos nos toca esperar con demasiada frecuencia en la vida. Aprendamos a escuchar al silencio y no sólo para matar el tiempo. Viajemos con un libro. Leamos la música. Compongamos las letras del mar. Entendamos que no es tan importante llegar, que en la vida lo importante son las partidas. Y que, muchas veces, es el camino quien nos hace abandonar el final.

Léanlo, escuchen al Océano. Viajen. 

Pd: Acabo de reservar un billete de avión. Me voy a Bretaña. Hasta pronto. 

[Cuadro: Tempete en Bretagne – Catherine Thrivier (-Forestier-)]

6 Comments

  1. Anónimo

    Después de navegar por este profundo mar. Me siento como buque que busca un bajío en el que encallar y permitir buscar en el alma del silencio la esencia del camino.
    Admiro al capitán de tan ilustre composición.

  2. Anónimo

    Es muy difícil, en prosa, construir un relato con tanta musicalidad y tantas imágenes impactantes. Alguien que consigue que la “habitación se esfume” que habla de “el silencio del tiempo” y del “mundo que no espera” es alguien capaz de leer la música y componer las letras del mar.
    ¿Qué queda entre la ropa y la piel?……. El Océano.
    Excelente artículo y relato. ¿Por qué realmente de que se trata de un artículo o de un relato? Esa es la grandeza para mí.
    !Hay tanto de él en cada linea escrita!

  3. David c. Salom

    Enhorabuena, otra vez.

    Cada vez que encuentro un hueco en el que realmente sumergirme de verdad en estos artículos, me doy cuenta de lo bien que están hechos.

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