La poesía del Sol Naciente (el renga)

La delicada flor del cerezo posó sus lágrimas sobre los cuerpos de guerreros humildes. Su inmaculado blanco contrastaba con el carmesí espeso que encharcaba las playas y los bosques. Desde la orilla, los heikegani observaban el macabro espectáculo, apremiando con sus diminutas pinzas a los esquifes rebosantes de guerreros. La postrera corte de los Heian descansaba plácidamente en Kyoto, con el interés fijo en la elocuencia de sus versos y sus cada vez más trémulos lazos familiares. Mientras tanto al sur de sus dominios, la poderosa sociedad rural —militarizada durante siglos— colisionaba en una decisiva batalla. Los dos mayores clanes de las provincias, los Minamoto y los Taira, se dieron cita en un puerto estratégico para decidir la supremacía entre la hoja y la mariposa. Significaba el principio del fin de la era de los consortes, que había establecido a los Fujiwara como el clan más poderoso del archipiélago durante generaciones. El samurái aguerrido se sentó en el trono del facundo aristócrata. La soberanía de la catana había llegado.

Kinkaku-ji
Kinkaku-ji (Templo del Pabellón de Oro). Construido para el shōgun Ashikaga Yoshimitsu a finales del s. XIV (Fuente: blog.gaijinpot.com)

La Época Clásica perecía en Japón a finales del siglo XII dando paso a consecutivos siglos de inestabilidad política. Una vez se quebró la dualidad militar y política que legitimaba la soberanía imperial, el poder recaía de facto sobre los hombros experimentados de los generales. El feudalismo penetraba en Japón de manera ineluctable. Los Minamoto, que derrotaron definitivamente a los Taira, establecieron una nueva capital en Edo (actual Tokio). Su flamante aristocracia militar coexistía con la longeva corte imperial de Kyoto. Sin embargo, apenas siglo y medio más tarde, su líder fue depuesto por el clan Ashikaga, que trasladó el poder al distrito de Muromachi, de nuevo en Kyoto. La volatilidad política era tal que las alianzas entre el clan de la capital y los líderes militares de las provincias no hacían más que quebrarse. Los Ashikaga, aunque débiles militarmente, eran hábiles políticos y, sobre todo, profundos amantes del arte, la literatura y la arquitectura. Paradójicamente, a pesar del descontrol territorial que asolaba las provincias, el desarrollo artístico en la capital floreció como el cerezo, perpetuando la senda que los Heian habían transitado siglos antes. Fue precisamente durante el siglo XV cuando nacieron, fruto de la historia, símbolos de la cultura japonesa que todavía hoy maravillan a oriundos y foráneos. Por ejemplo, el hipnótico y sublime teatro Nō, la ceremonia tradicional del té, los jardines rocosos zen y, lo que nos trae de nuevo a la tierra de Sol Naciente, la poesía encadenada.

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Representación del Nō en el Festival Hikawa Jinja (2010) (Fuente: tokyobling.wordpress.com)

Descendientes directos de los waka —que ya citamos en un artículo anterior— los renga conservaban la métrica tradicional del tanka, con versos de  5-7-5-7-7 sílabas respectivamente, pero que se dividían en dos partes de tres y dos versos. Su elaboración involucraba a varios poetas —generalmente tres— que enlazaban las mismas de manera simultánea, bajo una serie de rígidas reglas temáticas y formales, hasta llegar a nada menos que cien estrofas de longitud en su vertiente más clásica. Por mencionar algunas, existían reglas que especificaban la necesidad de mencionar la luna en determinadas estrofas, otras que requerían el uso de versos que contuviesen nombres de flores y otras que marcaban que no se podía recurrir a la repetición de un mismo tema hasta que no habían transcurrido un número estipulado de estrofas. Además, el renga clásico debía centrarse en dos aspectos fundamentales: ushin (elegancia) y yūgen (belleza misteriosa).

A pesar de la aparente rigidez normativa, la creatividad de los poetas nipones demostró que ésta no representaba óbice alguno. La cantidad de obras producidas dentro del género fue apabullante. Su calidad, exquisita. Para aquellos valientes que deseen adentrarse en las densas profundidades del renga clásico, recomendamos la lectura de Tres poetas en Minase (1488) (Minase sangin hyakuin), del celebérrimo poeta Sōgi  y dos de sus discípulos. La obra, que respeta todas las reglas tradicionales, hace las necesarias menciones a las estaciones de otoño y primavera, posee recurrentes pasajes sobre el agua y las montañas y, como no podía ser de otro modo, respeta estrictamente la separación de cinco estrofas entre diferentes alusiones al amor. Todo ello aderezado con ingeniosos giros narrativos que enriquecen profundamente la trama, aun cuando el marco argumental de la obra se ve inalterado.

Si retornase

verá lo pacientemente

que he esperado.

 

¿Cómo tu corazón

puede ser tan frío?

 

Desde el principio

ha sido una fuente de dolor,

el camino del amor.

 

Resiento el mundo,

porque no puedo olvidarte.

Viviendo en las montañas

 

qué puedo yo saber

de primavera y otoño.

Tres poetas en Minase (1488)

Aunque nuestra traducción no respeta la métrica original, puede observarse cómo los tres poetas entrelazan las historias de dos amantes separados por el resentimiento y por estilos de vida divergentes. Implícitamente nos hablan de la que puede ser una mujer que espera, víctima del rencor, al melancólico ermitaño que vaga sin rumbo por las montañas. Aquellos tres habilísmos artistas medievales escribían encadenando versos como si se tratase de tres líricas hebras aparentemente independientes, pero que dan forma a una obra poétical excepcional.

Afortunadamente para ellos, la rigidez tradicional se suavizó de manera paralela en otras partes de la isla y la poesía, antes siempre centrada en la elegancia y la belleza misteriosa, comenzó a tratar temas más mundanos y costumbristas. Los haikai renga (renga cómico) proliferaron a partir del siglo XV, y se comenzó a considerar los hokku (tres primeros versos de cada estrofa) como poesía independiente. Los poetas profesionales, aristócratas, burgueses y aficionados varios no tardaron en sustituir los rígidos y extensísimos renga por los traviesos y sofisticados poemas cortos. Y fue así, varios siglos antes de que se acuñase el término que hoy conocemos, como nació el género más prolífico de la poesía japonesa: el haiku.

Grabado: Batalla de Dan-no-ura, de Tsukioka Yoshitoshi (1865) (Fuente: educators.mfa.org)

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