Las débiles cadenas de Hokusai

El espumoso marfil, efímero y fementido, se turna con el añil sempiterno, inabarcable. Las olas del Pacífico, como inmensos tiranos impávidos, agitan los botes de pescadores temerarios. Se juegan la vida frente a las costas de su exótica tierra, vedada al extranjero; porosa únicamente en pequeñas islas desconfiadas. Una cadena de hierro, el sakoku, envisca los habitantes del archipiélago nipón, otrora expansionista y bélico, en una larga era de paz y aislamiento. Los samurái controlan prácticamente todo el archipiélago desde hace siglos. Vencedores y vencidos, tiranos y revolucionarios, nobles y campesinos. Ya no hay guerras internas, las batallas del pasado quedan lejos. Viajamos al Japón feudal de finales del siglo XVIII, a la época de uno de los artistas que, aun cuando nunca conoció a un extranjero en persona, capturó la esencia del Imperio del Sol Naciente tras sus muros de agua.

La gran ola de Kanagawa - Katsushika Hokusai (Wikipedia)
La gran ola de Kanagawa – Katsushika Hokusai (Wikipedia)

Katsushika Hokusai nació en 1760, apenas una década después de la restauración financiera de Yoshimune Tokugawa. El longevo régimen samurái gozaba de una salud incólume, siendo Tokio —conocida entonces como Edo— su vívida imagen. Círculos de poesía, teatros, librerías, lupanares, salones de té… salpicaban una algazara de alrededor de un millón de voces japonesas. No quedaban prácticamente foráneos. Los españoles y portugueses habían sido expulsados hacía más de un siglo; su fervor católico era visto como una amenaza. Los británicos, sagaces observadores, ya se habían retirado ante la silente hostilidad gubernamental. Los chinos y holandeses, colosales vecinos y todopoderosos exploradores, se limitaban a esas pequeñas islas de vibrantes puertos recelosamente vigilados por las autoridades costeras. No obstante, el socaire político dejaba espacio entre sus paredes; el arte extranjero se colaba entre las grietas, derramando el cosmopolitismo que bañaba la capital de los temibles guerreros medievales.

El todavía mancebo Hokusai, muy lejos del reconocimiento que disfrutaría más tarde, ingresó en la escuela Katsukawa, famosa por su sofisticado uso de la perspectiva. Entre sus muros, el artista realizó sus primeras producciones en masa, todas ellas dentro del maravilloso ukiyo-e (pinturas del mundo flotante). En ellas representaba tanto los rostros y quehaceres de las estrellas del kabuki, como las sofisticadas geishas de la época. Como todos los genios, éste se apoyaba en los hombros de los maestros pretéritos. Probablemente le inspiró Suzuki Harunobu, especializado en escenas sobre las archiconocidas artistas de piel pálida; seguramente también el maestro Kitagawa Utamaro, considerado por muchos el mayor exponente del bijin-e. Víctimas del paso del tiempo, los viejos maestros perecieron, dando paso a la experimentación y la renovación estilística. Y fue entonces cuando Katsushika Hokusai, sólo en ocasiones eclipsado por Utagawa Hiroshige (que, entre muchos otros, tuvo gran influencia sobre el mismísimo Van Gogh), empuñó el testigo de sus antecesores y aprovechó su boga. Acuciado por sus recurrentes vaivenes financieros, produjo una serie de bocetos en 1814 que llamó Hokusai Manga. Presa del afán didáctico-artístico, y con una imperante necesidad de lucro, había escorzado lo que todavía muchos creen que es el origen del manga contemporáneo. Sin embargo, lo que en realidad representó, fue una de las muchas cimas de la carrera del artista.

La influencia del ukyo-e en el arte occidental
Ducha repentina sobre el puente Shin-Ōhashi y Atake (1857), de Hiroshige | El puente en la lluvia (después de Hiroshige) (1887), de Vincent Van Gogh (Fuente: languageoflooking.blogspot.com)

El mundo exterior continuaba sus cambios, las revoluciones en Occidente se sucedían, la inestabilidad internacional soliviantaba burgueses y campesinos contra sus veleidosos opresores. Japón, de espaldas a esos cambios, no pudo permanecer aislado mucho tiempo. Sus aguas, ese disuasorio tegumento ancestral,  ya no se mecían con la calma de antaño. El siglo XIX trajo nuevas escaramuzas con rusos, británicos y americanos, capitanes de naves temibles, azuzados por los inventos modernos. La bruñida catana oteaba su ocaso en los ojos de los imparables exploradores occidentales. Dentro de Japón, la situación que tantos años de paz había generado, implosionaba lenta e inexorablemente. En 1837, un humilde samurái que residía en Osaka, Ōshio Heihachirō, encabezó una desastrosa revuelta que tenía como objetivo acabar con las operaciones expeditas yakuza. Simultáneamente, los campesinos de la mayor parte de Japón —héticos a causa de sucesivas malas cosechas en la década de 1830— se levantaban contra sus inspectores gubernamentales. Hokusai, observador sagaz, no se mantuvo ciego a los cambios. Tal y como harían los impresionistas en Europa, recogió escenas cotidianas dotándolas de su inmanente belleza estética. Combinó su experiencia dentro del género rinpa, además de su dominio de la perspectiva, para producir su archiconocida obra: 36 Vistas del Monte Fuji.

La gleba, hasta entonces prácticamente olvidada, cobró su merecido protagonismo. Hokusai, ya provecto y reconocido, abandonó el cultivo de sus también excelentes obras pertenecientes al yomihon y el shunga. En el tumulto de aquellos años de rápidos cambios, aquellos treinta y seis grabados —que más tarde se ampliarían a cuarenta y seis— representaron a todos aquellos ignotos campesinos; los verdaderos atlantes de la sociedad nipona. Combinando la cotidianidad y su belleza, la simplicidad artística y la complejidad estilística, Katsushika Hokusai cambió para siempre no sólo el arte japonés, sino también el arte universal. Desde la pintura hasta el cine, la cosmovisión de su obra, íntegramente elaborada dentro de las islas del más lejano Oriente, reventó las fronteras de políticos autoritarios. Su interminable imaginación le liberó de las cadenas del régimen de Edo. La visión del monte Fuji desde el piélago, con las barcas trepidantes de pescadores intrépidos, así lo atestigua.

Sentémonos a contemplar lo cotidiano. Su belleza no conoce límites.

Katsushika Hokusai
Niño mirando el Monte Fuji – Katsushika Hokusai(fineartamerica)

 

Cuadro: el sueño de la esposa del pescador (1820), Katsushika Hokusai | Fuente: wikipedia

2 Comments

    1. trabazonblog

      Sentimos que sea esa la impresión que saca del artículo. No pretendemos reducir Japón a ninguno de sus artistas, sino mostrarlo a través de ellos. Un cordial saludo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.