Palabras vacías

Territorio. Destrucción. Pueblo. Desolación. Nación. Devastación. Frontera. Demolición. Diferencia. Exterminación. Él. Yo. Mutilación.

Es posible conseguir algo luego de tres horas de pelea, pero es seguro que se podrá conseguir con apenas tres palabras impregnadas de afecto. Eso decía Confucio hace dos mil seiscientos años. Hoy hablaremos de su valor, y de si falta el afecto o la verdad.

En el siglo pasado, en un territorio no demasiado alejado de nuestra latitud, se comprendió la necesidad de emplear la simbología. Creyeron acabar con todas y cada una de las palabras que abren este artículo. Refugiados en el cobijo de una serie de actos de asociación, adhesión y entrega —paulatinamente reducida—, permanecieron aglutinados bajo una persona y un lema compuesto de dos sustantivos y una conjunción: Hermandad y Unidad. Más palabras. Ilusoriamente abrieron paso a la construcción de un nosotros. Uno que no olvidaba. Otro que aún lloraba. La Real Academia define la hermandad como la amistad íntima, como la unión de voluntades. Mientras que define la unidad como la propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere.

Hermandad y Unidad. Se hacía la historia mientras las siete sílabas volvían a sonar, subyugando a los habitantes de un territorio que se ha encontrado a la deriva entre la bestialidad y la fiereza desde el inicio de su existencia. Un territorio que por estar en medio de todo acabó convertido en nada. Tres imperios acechaban. Por la fuerza habían sido magiarizados, germanizados y otomanizados… de ahí que urgiese la Hermandad, a causa de la necesidad; y la Unidad, fruto de su debilidad. Siempre faltó algo. Una de las citas célebres más famosas de la humanidad la dio Albert Einstein cuando dijo que hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad. Y era precisamente esa fuerza motriz la que no estaba; como en el eterno retorno de los estoicos, los que habían deseado balcanizarse, volvieron al comienzo: a una espiral de barbarie que no veía fin. Insistiendo en el lema, ¿realmente fue siempre entendido del mismo modo allí donde se incluía y a lo largo de todo el siglo? Semióticamente ha quedado demostrado que, aunque el significado siempre fue —y es— el mismo, el significante ha cambiado en función de quién lo miraba desde su origen. Para unos era poder, para otros protección. Para unos sentimientos, para otros interés. La sombra de Hamlet, sin parar el tiempo, cubrió el espacio: ser o no ser. La realidad mostró que no era la cuestión.

Las palabras que inician este artículo quedaron congeladas en el tiempo, se volvieron invisibles. Sin embargo, nunca dejaron de estar presentes. Pronto dieron paso a otras, como reivindicación, supremacía, seguridad, beneficio, lucha, destino o exigencia. Todas ellas, palabras sin más, contaban con un único significado en esta historia: retorno. Y vuelta a empezar. Maquiavelo dijo que de vez en cuando las palabras deben servir para ocultar los hechos y siguiendo esos preceptos fue como el lema, ya desacreditado y agotado, volvió a sonar queda e interesadamente en boca de seis dirigentes. Cada uno de los cuales lo pronunciaba siempre escondiendo la realidad. Acababan con la unión de voluntades. Rompían la esencia del propio ser.

1991. La acumulación de acontecimientos dio paso a levantar el telón, abrir la guerra y descubrir que, aunque condición necesaria, las palabras nunca habían sido condición suficiente en la Antigua Yugoslavia. Despertarse del sueño, escuchar el silbido de las balas y sentir como explotan las palabras. Desgraciadamente, nunca fueron mientras se desangraban en su ingenuidad.

Ahora, cambiamos significados y nos quedamos con los mismos significantes. Enemistad y Desunión marcan el nuevo lema. Otra vez palabras, ¿no es cierto?

 

¿Estás muerta? —dijo—. De lejos, pareces un náufrago abandonado.
Buenos días, tristeza.

Hasta aquí el artículo. Queda a medio abrir, o a medio cerrar. Cada uno que lo complete e interprete a su gusto. Simplemente dejamos reflejada una opinión que contribuya a impulsar un enriquecedor debate o a una reflexión sobre el valor de las palabras cuando no van respaldas por verdaderos actos o sentimientos honestos. El caso yugoslavo es un mero recurso, y por ello hemos evitado adentrarnos en su análisis. Llegará.

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